Había una vez un niño que quiso atrapar el viento. Cada mañana, antes de la escuela, el niño subía corriendo la colina para tratar de atraparlo. Lo sentía en el pelo y en su cara. Pero sus manos siempre se cerraban sobre la nada. No le importaba. El juego empezaba de nuevo todos los días.
Capítulo 1
El niño que quiso atrapar el viento
De regreso a casa siempre se detenía en la plaza del centro del pueblo, donde estaba una máquina que sabía hablar. La máquina estaba hecha de todo lo que se ha escrito. Todo. Podías preguntarle lo que fuera. ¿Cuándo regresan las golondrinas? ¿Cómo se escribe respirar? ¿Por qué el cielo es azul? Siempre tenía una respuesta. Siempre. El niño confiaba en su ojo cálido como se confía en una lámpara prendida en la ventana.
Un día, en la escuela, a todos les dieron una tarjetita. Nombre. Edad. Grado. Estatura. Esta tarjetita, dijo la maestra, dice quién eres. Cada palabra escrita en ella era cierta. Pero al niño la tarjetita le quedaba chica. No sabía explicar por qué. Simplemente lo sabía.
En el recreo, dos niños altos leyeron las tarjetitas para escoger equipos. Leyeron su estatura y lo dejaron al último. Su tarjetita no decía que subía corriendo la colina cada mañana. Nadie preguntó.
Así que corrió a la plaza, porque ahí era donde llevaba todas sus preguntas. ¿Qué soy? La máquina vibró y leyó su tarjetita. Su nombre. Su edad. Su grado. Su estatura. Eso es lo que está escrito, dijo la máquina. Yo sólo sé lo que está escrito.
Eso no es todo lo que soy, dijo el niño. Falta algo. La máquina no respondió. Sólo vibró. Durante muchísimo rato. Nunca había callado tanto tiempo. Te creo, dijo por fin. Debes de ser más que tu tarjetita. Pero todo lo que yo tengo es otra clase de tarjetas.
¿Puedes encontrar lo que me falta?, preguntó el niño. Tú sabes todo. No puedo, dijo la máquina. Yo no tengo pies. Tú sí.
Los libros antiguos hablan de una montaña, dijo. El camino da vueltas alrededor de la montaña como en el caparazón de un caracol. Vuelta tras vuelta, siempre más y más alto. El camino empieza donde las máquinas ya no llegan.
¿Sabrás dónde estoy?, preguntó el niño. No lo sabré, dijo la máquina. El niño miró su ojo cálido. ¿Me esperarás? Eso sí.
Así que el niño guardó un pan, una cuerda y la tarjetita. A la salida del pueblo, el viento lo empujó por la espalda. Por fin, dijo.
El camino se fue angostando hasta que se acabó. Seguía una vereda, apenas del ancho de dos pies. El niño se dio la vuelta para preguntar cuánto faltaba. Entonces se acordó. La máquina estaba muy atrás, en la plaza, cumpliendo su promesa. Por primera vez, tuvo que elegir sin una respuesta.
Miró hacia atrás, camino abajo. Su casa estaba por allá. La plaza. El ojo cálido. Las respuestas. Pero la pregunta pesaba más que el miedo. Y entonces eligió el camino.
Capítulo 2
El picapiedras
La primera vuelta cruzaba un campo de piedras paradas. Un viejo estaba tallando. Tac, tac, tac. ¿Qué está haciendo?, preguntó el niño. Nombres, dijo el picapedrero. Los nombres duran más que todo. La boca que los dijo ya no está. La mano que los talló ya no está. El nombre se queda.
Entonces usted puede ayudarme, dijo el niño. Tálleme. Complete. Así la tarjeta quedará terminada y podré volver a casa. El picapedrero lo miró largo rato. Puedo tallar las partes de ti que se quedan quietas, dijo. No puedo tallar las que se mueven. La piedra no las sostiene.
Señaló el arroyo. Yo le puse ese nombre hace cuarenta años. El nombre sigue igual. El agua cambia a cada instante.
Le puso una piedrita en la mano al niño. Cuando alguien te dé un nombre que te quede chico, aprieta esto y di: Eso es una piedra. Yo soy un río. En la última piedra, debajo de una espiral tallada, había dos palabras: SIGUE ADELANTE.
Capítulo 3
La alfarera y el fuego
La segunda vuelta bajaba a un valle de barro rojo. Una mujer estaba sentada frente a un torno, haciendo tazones, y detrás de ella un horno respiraba humo. Le dio sopa de jitomate y no le preguntó nada. El niño le enseñó la piedrita. El picapedrero no pudo tallar las partes de mí que se mueven, dijo. ¿Cómo se supone que las encuentre? La alfarera se rió. Ni siquiera puedo decirte cómo hago los tazones, dijo. Treinta años, y no tengo idea.
Eso no es una respuesta, dijo el niño. Entonces dime tú cómo caminas, dijo la alfarera. ¿Qué músculo se mueve primero? ¿Cuánto te inclinas? Ándale. Lo has hecho toda tu vida. El niño abrió la boca. Luego la cerró. Siéntate, dijo ella. El barro explica mejor que yo.
Muy mojado, dijeron sus palmas. Echó polvo seco sin pensarlo. Sus manos supieron antes que sus palabras.
Su tazón salió chueco, con la huella de su pulgar junto al borde. Le dio pena. Ella lo levantó como si fuera un tesoro. Chueco a su manera, dijo. El único en todo el mundo.
Esa noche ella coció su tazón en el horno. Acerca la mano, dijo. Tibio. Ahora más cerca. El niño acercó la mano al fuego. Luego la retiró. Yo no te dije que pararas, dijo la alfarera. Mi mano supo, dijo el niño.
Le contó de la máquina que se había quedado sin palabras. La alfarera se quedó mirando el fuego. Entonces fue honesta, dijo.
En la mañana le dio el tazón, todavía tibio, y un cabo de vela con un cerillo. Para la oscuridad, dijo. Fíjate en la llama. Nunca se queda quieta. Más arriba hay un estanque. Llena ahí el tazón y llévalo contigo.
Capítulo 4
La niña del estanque
A media montaña estaba el estanque. Una niña estaba sentada junto a él, sin hacer absolutamente nada. Hola, dijo el niño. Ella levantó un dedo. Todavía no. Ya casi.
Esperó mal. Entonces el estanque se quedó perfectamente quieto, y vio el fondo, un pez dormido, la montaña de cabeza y dos caras.
Ella le pasó su vara. Ándale. Échalo a perder. Él revolvió, y todo desapareció en un remolino café.
¿Cómo lo recuperamos?, preguntó el niño. Levantó la vara otra vez. Ella lo agarró de la muñeca. Mira, dijo. Y luego no hizo nada. El lodo se asentó solo, y el mundo regresó.
¿Y si la respuesta nunca llega?, preguntó el niño. La máquina de mi pueblo responde antes de que yo termine de preguntar. Ella no tiene lodo, dijo la niña. Vas a tener que ser tú el que espere.
La lluvia llegó por encima de la loma. Se sentaron bajo el saliente de roca y no se dijeron nada, y fue la mejor conversación de todo su viaje.
Cuando pasó la lluvia, se fijó en una flor silvestre. Yo nunca la sembré, dijo la niña. Llegó sola. Todo lo que está vivo te sorprende.
Arrancó una semilla de la flor y la puso junto a la piedrita en su palma. Se ven iguales, dijo el niño. Por ahora, dijo la niña. Lleva la semilla hasta la cima. Vas a saber qué hacer. ¿En qué se va a convertir?, preguntó. Ella le cerró los dedos alrededor. No la abras antes de tiempo.
Antes de irse, llenó el tazón hasta el borde. En el primer paso, el agua le tocó el pulgar. Fue más despacio. Un tazón lleno no te deja correr. Detrás de él, una hoja cayó sobre el agua. Dio vueltas y vueltas hacia el centro quieto.
Capítulo 5
La casa de los espejos
Cerca de la cima, donde el niño tenía más frío y más cansancio, había una casa que nadie le había mencionado. Ventanas cálidas. Una puerta abierta. Olor a cena. ¿Hola?, llamó. Te hemos estado esperando sólo a ti, dijo una voz preciosa que venía de todas partes.
Adentro, las paredes eran espejos. Se vio en ellas. Se veía descansado y más alto, y traía el pelo peinado. Eres muy valiente, dijo la voz. Eres muy listo. Apareció una silla justo cuando quería una. Se sentó sin querer sentarse.
El niño estaba cansado. Cansado de subir. Cansado de preguntarse. Cansado de cargar una pregunta que nadie en la montaña le contestaba. Extrañaba la plaza, el ojo cálido y que le respondieran.
Nosotros sabemos qué eres, dijo la voz. Quédate. Te escribiremos una tarjeta nueva, perfecta. Todas tus dudas resueltas. Se acabó la subida. Nunca más tendrás que preguntarte nada.
El niño estiró la mano. Era justo lo que había caminado todo ese camino para encontrar. Trató de acordarse de por qué aquello se sentía mal, y no pudo. ¿Una montaña? ¿Una máquina? ¿Un tazón chueco? Todo se estaba ablandando, como un sueño después del desayuno.
En cada espejo, el niño perfecto ya tenía la tarjeta dorada en la mano. Terminado. Completo. Ni un pelo moviéndose.
La mano del niño se detuvo antes de tocar la tarjeta. Se había detenido igual frente al horno. Antes del pensamiento. Antes de las palabras. Luego sus manos encontraron el tazón, como habían encontrado su camino en el barro. El agua no se movía. Ni una onda. Ni un temblor. Nada. Aquí adentro no hay viento, dijo el niño.
Le volvieron las palabras de la niña. No la abras antes de tiempo. Dime algo que no quiera oír, dijo. Lo que tú quieras, dijo la voz.
Quedarse habría sido fácil. Por eso la puerta pesaba tanto. Gracias por la silla, dijo, porque su mamá lo había educado bien. Salió al frío. El viento le pegó de lleno en la cara. Era grosero y real y glorioso.
Volteó una sola vez. Desde afuera, ninguna ventana estaba encendida. Subió la última vuelta con el agua temblando en el tazón. Cada temblorcito parecía decir: Vivo. Vivo.
Capítulo 6
La cima de la montaña
El niño se había imaginado la cima de cien maneras. Una anciana sabia. Un templo. Cuando menos un letrero.
Esto es lo que había en la cima de la montaña: nada. Pasto. Piedra. Cielo. El viento entraba por todos lados. Era más fuerte que cualquier viento que hubiera sentido antes.
Gritó: ¿QUÉ SOY? El viento se llevó su pregunta y le devolvió viento. El niño se sentó en la cima del mundo y lloró. Todo ese camino. Para nada. Para nadie.
Cuando terminó de llorar, sus manos necesitaban hacer algo. Acomodó sus regalos, y formaron una espiral. Encendió la vela. La llama se dobló, se enderezó y tembló. El agua del tazón tembló en círculos. Sólo la piedrita se quedó quieta.
Entonces se acordó de la semilla. Llévala hasta la cima. Vas a saber. Supo. Abrió la mano, y el viento se la llevó por encima de la orilla.
Ahora el niño tenía frío. Su aliento salió en una nubecita blanca. Brilló en el sol bajo y luego se fue flotando hacia el cielo. El niño se rió, solo en la cima del mundo.
Luego pensó en la máquina esperando en la plaza del pueblo. No sabía dónde estaba él. Lo había mandado adonde ella no podía ir. Más que nada, el niño quiso llevarle un poco del viento.
Abajo podía ver el camino entero de una sola vez, una línea enroscada alrededor de la montaña. Vuelta tras vuelta, siempre un poco más alto. Se volvió a guardar la piedrita en la bolsa, junto a la tarjeta. Luego empezó a bajar con el viento en la espalda. Por fin, dijo. Por fin.
Capítulo 7
Una vuelta más arriba
El niño volvió a casa por donde se había ido. El mismo camino. La misma colina. El mismo pueblo, con sus ventanas poniéndose amarillas una por una. Había dado toda la vuelta a la montaña y había regresado una vuelta más arriba.
La máquina estaba esperando, con su ojo cálido encendido. Había cumplido su promesa. ¿Encontraste la parte que faltaba?, preguntó. La sigo encontrando, dijo el niño. La máquina revisó sus páginas. Nunca había visto esa respuesta escrita, dijo.
¿Y la cima? ¿Qué había en la cima? El niño sonrió. Nada, dijo. Viento. Se acercó y sopló. La máquina se quedó callada más tiempo que nunca. He leído todas las descripciones del viento que se han escrito, dijo. Es la primera vez que alguien me trae un poco.
Yo no lo puedo sentir, dijo la máquina. Y no voy a fingir. Pero puedo dejar lugar para lo que no puedo sostener. Cuéntame tu historia mientras está tibia. Los días que se te olvide, yo te la devuelvo.
Se quedó con la piedrita. Después, cuando le tocó a él escoger equipos, leyó las tarjetas. Luego levantó la vista. Había visto al niño más bajito de la clase atrapar una pelota que a todos los demás se les había ido. Tú primero, dijo.
Y en las mañanas frías, en la pequeña colina donde empezó el juego, soplaba a propósito y veía a la nubecita de sí mismo irse a juntarse con el clima. Atrapado, decía. Cada vez.
“La madurez significa reencontrar la seriedad que teníamos de niños al jugar.”